Interiorismo
Cómo medir y documentar una vivienda antes de proyectar

El programa de necesidades dice cómo se vive. La medición dice qué hay de verdad. Sin las dos, el proyecto se dibuja sobre un recuerdo: el pasillo “parece ancho”, el baño “cabe una ducha a ras”, el radiador “no molesta”. Luego el mueble no entra, la puerta roza el interruptor y el presupuesto se reescribe en el rellano.
Documentar una vivienda no es un lujo de interioristas. Es el primer entregable que cualquier industrial debería poder usar. Un dossier breve —planta acotada, fotos ordenadas, notas de instalaciones— ahorra visitas y evita que las decisiones de color se tomen antes de saber si el tabique es de carga.
Qué medir y en qué orden
Empiece por la planta, no por los alzados bonitos. Longitud y ancho de cada estancia, diagonales si el rectángulo no cierra, espesor de tabiques en huecos de puerta, altura libre a techo y a cualquier viga o dintel. Marque la posición de puertas (sentido de apertura y radio), ventanas (antepecho, alto de hueco, vierteaguas) y radiadores. Un error de tres centímetros en un pasillo estrecho mata un armario de 60 cm de fondo.
Anote cotas de instalaciones vistas: bajantes, cajas de registro, cuadro eléctrico, llaves de corte, tomas de gas, desagües de lavadora, conductos de extracción. Lo que no está en el plano aparecerá el día que se pida un falso techo continuo. En instalaciones en reformas se detalla qué preguntar; aquí basta localizarlo y fotografiarlo con una referencia de escala (una cinta, un folio).
Mida también lo que se quiere conservar: encimera, sanitarios, suelos. “Dejamos la cocina” no sirve si nadie sabe el ancho libre entre frigorífico y esquina. El programa de necesidades y estas cotas tienen que hablarse: el programa pide 4 metros de armario; la medición dice que el tramo recto tiene 3,40.

Fotos que informan, no que decoran
Fotografíe cada estancia desde las cuatro esquinas y cada encuentro sucio: rodapié, dintel, paso de terraza, rincón de bajante. Incluya una toma del techo y otra del suelo. Numere las fotos según un croquis. Un álbum de 80 imágenes sin orden no se lee; un set de 25 con nombres de archivo (`estar-01`, `bano-techo`) sí.
La luz engaña. Dispare de día y, si puede, al atardecer. Una humedad o un descuadre se ve mejor con luz rasa. No borre el desorden: las cajas dicen dónde falla el almacenaje. Lo que sí evite es el filtro: el color de la pared se decide después, con muestras, no con una foto saturada.
El dossier mínimo
Reúna en una carpeta: croquis acotado (aunque sea a mano), lista de alturas, fotos numeradas, notas de lo que no se toca y una página de dudas (“¿el tabique del pasillo es de ladrillo o de pladur?”). Ese paquete es el briefing técnico que acompaña al alcance descrito en cómo elegir interiorista.
Un plano bonito sin cotas es una opinión. Un croquis acotado es un encargo.
Si hay comunidad, añada horarios de carga, uso de ascensor y normas de escombro. No es interiorismo, pero condiciona plazos y protecciones. El dossier que ignora el portal inventa una obra imposible.
Errores que salen caros
Medir solo a cinta por el suelo y olvidar el zócalo, el radiador o el marco. Confiar en el plano de compraventa de hace veinte años. Dar por simétricas dos habitaciones “iguales”. No comprobar si el forjado está a nivel antes de soñar con un porcelánico de gran formato. No anotar la pendiente de la terraza.
Revise las cotas a los dos días. Quien vive la casa detecta el hueco del tendedero o el cable que cruza el zócalo. Corregir en papel es barato. Fabricar un frente de armario con una cota inventada no lo es. Guarde el dossier junto al presupuesto: cuando alguien pregunte por qué el mueble mide 87 cm y no 90, la respuesta estará escrita.
Medir bien no sustituye a un aparejador cuando la obra pica estructura. Sirve para que el proyecto empiece en la vivienda real, no en una planta de revista. El resto —paleta, textiles, luz— se apoya en esos metros honestos.
Herramientas y un método que se puede repetir
No hace falta un láser de obra para un piso. Una cinta de 5 m, un nivel de burbuja, un cuaderno y el teléfono bastan si el método es constante. Mida siempre en el mismo sentido: primero perímetro, luego huecos, luego alturas. Si una diagonal no cierra, no “redondee” para que el croquis quede bonito: anote el descuadre. Ese descuadre es el que luego explica un rodapié abierto o un frente de cocina que no llega.
El teléfono sirve para fotos y para una nota de voz por estancia (“el radiador vuela 12 cm, el interruptor está a 18 del marco”). Transcriba el mismo día. Las notas de obra se olvidan en cuanto se baja al portal. Si hay dos plantas o un desnivel, mida la contrahuella y el ancho de paso de la escalera: un armario previsto “bajo la subida” suele morir en el último peldaño.
Cuando intervenga un profesional, pida que contraste sus cotas en la visita de replanteo. El dossier no sustituye al metro del industrial; lo prepara. Si las cifras discrepan más de un centímetro en un hueco crítico, se mide otra vez delante de ambos. Ese minuto evita un mueble fabricado a una cota de WhatsApp. Documentar es un hábito, no un trámite de interiorista. Quien lo hace una vez, lo reutiliza en cada fase de la reforma y en cada compra de carpintería.
Si la vivienda está habitada, mida en dos tandas: primero las estancias que se pueden vaciar un sábado, luego las que no. Las fotos con muebles sirven para el programa; las cotas se toman con la cinta contra el muro, no contra el sofá. Un armario empotrado se mide por dentro y por el hueco de obra: son dos cifras. Cuando hay molduras o un dintel bajo, anótelo en el alzado, no solo en planta. El dossier que solo tiene planta miente en vertical. Guarde todo en una carpeta con fecha. La medición es el primer plano de la casa real.
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